El umbral: Deloitte publicó su reporte Game Changers: Unlocking the potential of women's sports y el dato que acapara los reflectores es que los ingresos globales del deporte femenil de élite superarían los US$3,000 millones en 2026. Romper esa barrera por primera vez tiene peso simbólico y confirma que el sector ya dejó atrás la etapa en la que todo se explicaba desde la promesa. Pero lo más revelador no es el tamaño del número, sino la velocidad: pasar de US$692 millones en 2022 a US$3.04 mil millones en 2026 es un crecimiento de 340% que no se parece al de una industria madura, se parece al de un activo que todavía está encontrando precio.

De dónde sale el dinero: El desglose del reporte es lo que vuelve accionable la cifra. El ingreso comercial sigue siendo el mayor motor global con US$1,400 millones, 45% del total, arriba de los US$1,100 millones de 2025. El matchday sube de US$748 millones a US$911 millones y representa 30%. El ingreso por derechos de transmisión crece a US$765 millones desde US$551 millones. Futbol y básquetbol aportan cada uno alrededor de 35% del total, y Norteamérica se mantiene como el mercado más grande con 54% de los ingresos. El propio Deloitte se quedó corto en su estimación anterior: proyectó US$2,350 millones para 2025 y el año cerró en US$2,400 millones.

El crecimiento de los ingresos del deporte femenil

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Lo que cambia la conversación: Durante mucho tiempo el debate alrededor del deporte femenil fue básico, si estaba creciendo o no. Ese punto quedó atrás. La discusión interesante empieza ahora, cuando toca ver qué ligas, mercados y propiedades están logrando convertir ese impulso en algo más serio: infraestructura, mejores acuerdos, producto más sólido y estructuras propias, cada vez más independientes del ecosistema varonil.

Dónde se concentra el crecimiento del sector

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