Folarin Balogun fue expulsado en el minuto 64 de la victoria de Estados Unidos 2-0 sobre Bosnia y Herzegovina en la fase eliminatoria, un resultado que activaba la suspensión automática para el duelo de octavos de final ante Bélgica en Seattle. Esa es la parte simple de la historia. Lo que vino después es lo que realmente importa.
Horas antes del partido, el presidente Donald Trump llamó personalmente a Gianni Infantino para pedirle que se revisara la sanción. Trump lo confirmó él mismo en redes sociales, agradeciendo a FIFA por revertir la decisión. Y FIFA, en efecto, la revirtió: el comité disciplinario invocó el Artículo 27 del Código Disciplinario para suspender la ejecución del castigo durante un periodo de prueba de un año, dejando a Balogun disponible para enfrentar a Bélgica.
No es un tecnicismo menor. Desde que el sistema de tarjetas se implementó en el Mundial de 1970, ningún jugador expulsado había podido jugar el partido inmediato siguiente de su selección. Balogun fue el primero. Bélgica calificó la decisión de "sin precedente, incomprensible e injustificable" y protestó formalmente, sin resultado. Bélgica goleó 4-1 de todos modos y Balogun apenas influyó en el marcador, pero el daño institucional ya estaba hecho.
El problema de gobernanza no es el Artículo 27 en sí (existe, es parte del reglamento y los comités disciplinarios lo usan para casos límite). El problema es que Trump hizo pública su llamada antes de que FIFA resolviera, convirtiendo un trámite disciplinario interno en una negociación política visible para todo el mundo. FIFA quedó expuesta actuando, o al menos pareciendo actuar, bajo presión de un jefe de Estado. Ya había un antecedente incómodo: en el Mundial de 1962, Garrincha evitó una suspensión similar por presión política de Brasil. La diferencia es que en 2026 todo ocurre bajo el escrutinio de redes sociales y en tiempo real.
¿Está en riesgo el poder de Infantino? No en lo inmediato. Su reelección no depende de la aprobación europea ni de UEFA, depende del voto de 211 federaciones, cada una con el mismo peso. Necesita una mayoría simple, unos 111 votos, y ya los tiene asegurados: CONMEBOL, la Confederación Africana y la Confederación Asiática respaldan su gestión en bloque. El programa FIFA Forward, que reparte recursos directamente a las federaciones, y la ampliación del Mundial a 48 selecciones consolidaron esa coalición mucho antes de que el caso Balogun estallara. Incluso la federación inglesa, incómoda con el episodio, tenía previsto respaldar su reelección antes de esta polémica.
Opinión de Playbook: el caso Balogun no derriba a Infantino, pero sí desnuda cómo funciona realmente el poder dentro de FIFA. La gobernanza del fútbol mundial ya no se decide por mérito deportivo ni por consenso técnico, se decide por aritmética de votos y por quién puede levantar el teléfono. Mientras las federaciones sigan recibiendo cheques de Zúrich, a Infantino no le importa lo que UEFA piense, ni lo que piense Bélgica, ni lo que diga la prensa. Ese es el verdadero costo del caso Balogun: confirmó, en público, algo que en el fútbol todos sabían pero nadie decía en voz alta.


